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UN ESTILO DE VIDA

 

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Este año, entre el 3 y el 5 de junio se realizó el Festival Nacional de la Canción Infantil, con simposios de pedagogía musical, conferencias y talleres, luego que el anterior fuera despedido con el Concurso Polifónico Internacional, que lleva seis ediciones. Igualmente se continuó con el Concurso de la Canción Inédita Pedro J. Ramos, con amplia participación de jóvenes figuras y artistas consagra dos. Los ganadores y finalistas recogieron sus canciones en discos de larga duración, aparecieron cancioneros promovidos por periódicos lo cales y se repartieron cinco mil tiples en un programa del Gobierno.

Los artistas protestaron porque no existen programas radiales especializados en difundir la música folclórica, aprovechando los grandes homenajes que se rindieron a la memoria de Garzón y Collazos y al trabajo de Emeterio y Felipe, Matilde Díaz, Leonor Buenaventura de Valencia y Cantalicio Rojas, que incluyeron la presentación de libros y discos, conferencias y encuentros. A esto se suma la labor del Coro de Cámara de la Universidad del Tolima y su orquesta, y los conciertos en la Biblioteca Darío Echandía o su sala de música.

La instalación durante 1993 de doce nuevos lugares destinados al espectáculo musical, a todos los cuales acude la gente, es otra prueba de la inclinación de los ibaguereños a gozarla. Silva y Villalba, que actuaban en Bogotá, a propósito de sus 25 años de vida artística trasladaron a Ibagué su casa de bohemia y música, donde Rodrigo Silva está permanentemente; y otros once sitios, como el de Los Inolvidables, el dueto Viejo Tolima, Mi Botecito, Factoría, la Coral, etc., forman un panorama alentador para la vocación de la ciudad. Pero no todo para allí. Serenateros que esperan, como en la plaza Garibaldi de México, al cliente que no falla; y fiestas familiares que giran alrededor de la actuación de niños o jovencitas jugando a ser artistas, sin dejar por fuera a la gente mayor, que sabe que sólo con un tiple la tertulia toma rumbo, son elementos cotidianos de Ibagué. De no ser por lo costoso de un censo, la ciudad debería emprender uno, de las casas donde el tiple o la guitarra integra el paisaje interior y un estilo de vida. Parece que los ibaguereños supieran, como dice la conocida sentencia, que la canción es un arte entre dos artes, un compromiso entre la poesía y la música.

UN TEMPLO DE LA MÚSICA

A comienzos del siglo, en 1906, nació el Conservatorio de Música del Tolima, que preserva su sabor antiguo, el ritmo de la música clásica y la tarea pedagógica de formar profesionales, que son la batuta en muchas partes. Hace sesenta años se construyó su sala Alberto Castilla, que identifica a la ciudad. En su trayectoria la institución pasó de simple escuela de música a academia, de academia a conservatorio con su famoso bachillerato musical, y ahora está aprobada como la única universidad del país en este campo. Una escuela de música que opera desde el kínder y la preparatoria; el bachillerato musical, las agrupaciones y orquestas de profesores y alumnos, la labor pedagógica extramuros en escuelas y barrios, los conciertos programados todo el año, muestran el ritmo de una tarea académica que lo convierte en un gran centro de formación de maestros y artistas futuros y de creación de una atmósfera propia en la ciudad. A ello se suman sus famosos Coros del Tolima que durante varios lustros han recorrido el mundo ganando premios internacionales, la realización cada dos años del Concurso Polifónico Internacional Ciudad de Ibagué, y la admirable labor de su orientadora, Amina Melendro de Pulecio, ángel de la guarda sin cuya persistencia de matrona recia y noble no operaría todo este milagro del Conservatorio.

Finalmente, en un acto multitudinario que sensibilizará a las futuras generaciones de ciudadanos, este 14 de octubre, cuando se celebren los 443 años de la fundación de Ibagué, más de veinte mil niños previamente preparados en colegios y escuelas le ofrecen una serenata a su ciudad, retomando el hilo de otras organizadas en años anteriores y en las cuales hasta cincuenta mil personas han cantado al Tolima, a Colombia y a Suramérica con canciones representativas de cada país.

De manera que en Ibagué ni los coros ni la voz del tiple o la guitarra se apagan. Desde el atardecer, cuando un concierto de chicharras revienta en la Plaza de Bolívar con su encanto de nostalgias no perdido, la capital de los tolimenses se sume en un ritmo musical como ejercicio vital que prolonga una vieja costumbre de sus habitantes. Aquí impera el alma musical de sus gentes. Esto fue lo que descubrió el conde Gabriac hace 107 años. Hoy, cuando el pueblo fundado por don Andrés López de Galarza se acerca a los cuatro siglos y medio con vertido en una ciudad que estrena industria, avenidas, puentes e inmigraciones, sigue vigente ese aire de pentagrama que cautivó al conde Gabriac el siglo pasado. Quizás no haya en el país un lugar que tenga más tiples por habitante. Y un lugar así, bien merece llamarse Ciudad Musical de Colombia.